Pasaron poco más de seis meses desde que nuestro amigo partiera, y su recuerdo está cada vez más presente en los privilegiados que lo conocimos y compartimos con él en varias décadas, momentos intensos en veladas inagotables de ajedrez, de compañerismo y amistad.
En el medio del mundial, luego de dar mi clase en el Club Argentino, fui a la estación de servicio sita en la calle Paraguay y casualmente me encontré con varios ajedrecistas que participan semanalmente de las actividades que organiza el Consejo de Ciencias económicas, Néstor era el coordinador y el “alma mater” en la coordinación de las actividades y de los viajes anuales para representar a la Ciudad en las competencias nacionales.
Cada uno de ellos se emocionó contando anécdotas y circunstancias vinculadas a nuestro amigo con la mayor admiración donde prevalecía la condición humana y la generosidad de Néstor.
Marcelo Reides fue uno de los grandes rivales que tuvo Néstor, sus interminables cadenas de partidas rápidas animaban largas veladas en el Club Pacífico, se peleaban como dos niños, usaban todas las mañas posibles dentro del respeto al reglamento, a veces se enojaban “ en serio”. Muchas de esas riñas fueron registradas por la pluma de Norberto Pérez, quien semanalmente hacía sus inolvidables crónicas.
Hoy les acercamos el homenaje del gran profesor, amigo y admirador de Néstor.
Gustavo
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De Kamchatka a Villa del Parque
Hay personas que no solo pasan por un club, sino que lo construyen con su presencia. Néstor era una de ellas. Lo recuerdo desde nuestra juventud en la calle Simbrón, en aquellos "pimpones a muerte" que preludiaban las madrugadas de TEG. Entre empanadas y misiones secretas de este juego de estrategia, las alianzas nos encontraban con la salida del sol del sábado, planeando conquistas imposibles: de Kamchatka a Alaska, y de allí, directo a la vereda de Simbrón, cuando ya amanecía en nuestro querido Villa del Parque.
Néstor venía de su estudio siempre impecable: pantalón de vestir, camisa y saco. Pero esa formalidad de contador se transformaba al sentarse a la mesa. Su lenguaje corporal era infalible: cuando se llevaba los dedos a los lentes para ajustárselos, sabíamos que el cálculo había terminado. Ese gesto anunciaba la jugada inesperada o el tiro de dados letal.
Años más tarde, en el Club Pacífico, lideró los martes con su "Pimponazo", una salida sagrada que compartí con mi hijo Alejandro. Fue una actividad hermosa para que él viera de cerca el folclore del club y entendiera todo lo que genera el ajedrez más allá del tablero. Néstor era el distinto: el que organizaba, el que daba sin pedir, pero también el inflexible y cabezón. No había partida ni torneo que le hiciera cambiar de opinión, como su crítica eterna al campeón mundial, a quien bautizó con desprecio "Minus Carlsen".
El "Ranking Spagnuolo" lo mantenía en un trono inalcanzable, mientras Norberto Pérez —el autodenominado "Asesino del Peón Rey"— inmortalizaba sus hazañas y sus "pirateadas" al querido Peluffo en mails que todos esperábamos como una continuidad del torneo. Era tal su capacidad de resistencia que nació la humorada mística de Norbert: cuando alguien estaba perdido, no quedaba otra que encomendarse a "San Spagnuolo". Invocar su nombre era la última esperanza para salvar una partida imposible; él siempre tenía una vida extra.
Nuestros terceros tiempos eran el cierre obligado en la heladería Luisito, donde pedía su cuarto de Quinotos al Whisky, un gusto que lo definía por lo diferente. He jugado más rápidas con él que con cualquier otro. Éramos, como dijo alguna vez Gustavo, dos niños apasionados. Te agradezco, Néstor, haberme permitido sostener a ese niño a través de mi juventud y mi adultez. Hoy ese niño se queda un poco huérfano, pero sé que en cada pimpón frenético, en cada pieza que vuela y en cada jugada inesperada, vas a estar vos, del otro lado del tablero, estirando el tiempo una vez más.
























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